Muros de Nalón



Nuestro primer verano de Muros (año 2012) se está acabando generosamente, aún con temperaturas agradables y días de playa a pesar de encontrarnos ya a finales de septiembre. Muros de Nalón es un pequeño municipio en la zona occidental de Asturias, en una rasa costera extensa con muchas posibilidades para el paseo, bien por las ramificaciones del pueblo, o bien hacia la playa de Aguilar, la más importante y conocida de la zona.




O la playa de Xilo –pegada a aquella-, una cala recoleta que se extiende en marea baja, a la que se accede por un tramo de inclinadas escaleras, pequeño paraíso sin apenas gente y que no tiene nada que envidiar a las preciosas calas de la Costa Brava.



De más difícil acceso, aunque no menos atractiva, es la playa de las Llanas, tan escondida que sólo existe en marea baja.



Pero también hay mucha gente que viene a Muros para hacer la llamada “senda costera” o la “ruta de los miradores”, a veces con cuestas un poco duras pero que compensan por las vistas sobre el Cantábrico y sobre las diferentes playas de la zona, además de los miradores, como el de los Glayos -con vista a las dos vertientes costeras-, el de la Atalaya y el del Espíritu Santo, desde donde se divisan San Esteban de Pravia y San Juan de la Arena. Se puede ir andando siguiendo la ruta desde la playa de Aguilar hasta San Esteban de Pravia, o viceversa, a lo largo de 4,5 Km. Con buen tiempo es precioso.




El pueblo de Muros de Nalón, aunque muy disperso, tiene un pequeño núcleo urbano con plaza central donde se ubican iglesia, ayuntamiento, casa de cultura y terrazas delante de un conjunto de casas asturianas con los típicos corredores de madera. Y, como testimonio de un pasado quizá de mayor esplendor, quedan aún importantes fachadas en otro de los laterales de la plaza y alguna que otra casona de indianos con su arquitectura característica y su filigrana de madera blanca colgando del tejado. Es un lugar tranquilo, apto para descansar, leer, pasear, descubrir la zona, bajar a la playa si hace bueno, juntarse con amigos para charlar en una terraza, hacer largas caminatas si se está en forma…






La Estación Espacial de Robledo de Chavela

Durante nuestra estancia en Robledo de Chavela, a principios del mes de agosto, tuvimos ocasión de visitar el centro de seguimiento espacial que se encuentra dentro del término municipal.

Tras la visita del presidente de EEUU Eisenhower a España en el año 1959, se firmó un acuerdo de cooperación científica entre los gobiernos de los dos Estados que dio lugar a la inauguración de la Estación Espacial de Robledo de Chavela en 1965. Inició su andadura con una primera antena parabólica de 26 metros de diámetro, que de inmediato comenzó a recibir fotografías de Marte enviadas por la nave Mariner IV.

La denominación actual del centro es mucho más precisa, a la vez que atractiva: Complejo de Comunicaciones con el Espacio Lejano de Madrid. Se trata de un conjunto de cuatro antenas de una envergadura impresionante, tres de 34 metros de diámetro y la cuarta gigantesca, de nada menos que 70 metros de diámetro.


El complejo se integra en Red del Espacio Lejano (Deep Space Network) que gestiona la NASA para asegurar la recepción continua de las señales enviadas por las misiones espaciales a los planetas del sistema solar, a través de tres centros receptores situados en puntos equidistantes del planeta Tierra: el desierto de Mojave -en EEUU-, Canberra -en Australia-, y Robledo de Chavela, en España.

Se trata, pues, de un punto vital para la recepción de las señales enviadas por las diferentes naves -tripuladas o no- que circundan el espacio exterior. Desde las más antiguas, como las Voyager 1 y 2, que fueron lanzadas al espacio en 1977 y están a punto de abandonar el sistema solar para adentrarse en el espacio interestelar, tras recorrer más de 15.000 millones kilómetros. Hasta la más reciente, el Curiosity, que se posó sobre la superficie de Marte hace muy pocos días (momento que se celebró en la estación de Robledo con un desayuno al que invitaron a los visitantes).



El centro de Robledo se ubica en un entorno paisajístico muy atractivo, al pie de la sierra de Guadarrama, sin más vecinos en varios kilómetros a la redonda –por imposición del Tratado- que el ganado que pasta tranquilamente en sus alrededores, ajeno por completo a la complejidad del equipamiento que les acompaña.

En el año 2002 se inauguró el Centro de Visitantes del complejo, que bien merece una visita. Consta de tres salas temáticas y una sala de proyecciones. Allí se exponen paneles informativos, maquetas y materiales de las misiones espaciales. Se ofrecen actividades didácticas para los niños, pero también interesante información científica para los adultos. Muchos objetos llaman la atención, como los trajes espaciales, la comida que llevan los astronautas o la réplica de la anterior nave enviada a Marte. Y los documentales que se proyectan en la sala multimedia son apasionantes.




Así pues, una visita que merece la pena.

De lunes a viernes está reservado para la visita de grupos (tel. 918677321), pero los sábados y domingos la entrada es libre y gratuita (horario: de 10:00 a 15:00 h). Dirección: Carretera de Colmenar del Arroyo a Robledo de Chavela, km. 7.





Las Hoces del Duratón



Después de pasar en agosto de 2012 unos días deliciosos en Robledo de Chavela: ambiente seco, aire puro, buena temperatura, sol, sombra, una hamaca y naturaleza, fuimos a pasar dos noches a Sepúlveda con otra oferta de Groupon. La oferta consistía en una o dos noches en el Hotel Vado del Duratón, un hotel con buenas instalaciones y situado en el corazón histórico de esta villa medieval. Incluía, además del desayuno y del parking (importante porque el aparcamiento era complicado), una cena a base de cordero o cochinillo, especialidades de la región que preparan fantásticamente. Sepúlveda entera vive del turismo y a cada paso se encuentra un restaurante en el que se ofrece el sabroso cordero asado en horno de leña.

Después de Robledo, nuestra primera parada fue en Pedraza, conjunto histórico de gran belleza, perfectamente restaurado y conservado casi intacto desde el siglo XVI. Recuerda un poco a Santillana del Mar, esos lugares que, siendo perfectos, uno tiene la sensación de que no es del todo real, como si fuese el decorado de cartón piedra para una película. En cualquier caso el recorrido por sus plazas, calles y callejuelas es muy agradable porque, a pesar de ser muy turístico, no se convirtió en el escenario de montones de tiendas para turistas que distraen la mirada y le quitan encanto. En la Oficina de Información te ofrecen la posibilidad de una visita guiada que no llegamos a hacer por no coincidir con nuestro horario.






De allí fuimos directamente a Sepúlveda atravesando los dorados campos de castilla, alternados con pinceladas verdes y plantaciones de girasoles buscando el sol en ese cielo azul intenso.




 
La primera vista de Sepúlveda sorprende por su emplazamiento, encaramada en lo alto de las Hoces de Durantón y del Caslilla, lugar estratégico que determinó su historia a través de la Edad Media. Tierra de frontera, avanzadilla cristiana al sur del Duero que pasa de unas manos a otras según el resultado de las batallas entre moros y cristianos. Fue tierra de repoblación en la que convivieron durante años judíos, moros y cristianos, protegidos por su Fuero que les perdonaba todos los delitos que hubieran podido cometer anteriormente en los lugares de procedencia de aquellos que acudían a instalarse en la ciudad sin distinciones por razones de religión.


El hotel se encuentra justo al lado del Museo de los Fueros (iglesia de los santos Justo y Pastor), donde se pueden contemplar diversas esculturas medievales y ver un vídeo en el que se explica, además de la historia de la ciudad, el importante Fuero de Sepúlveda que permitió la repoblación de esas tierras y legisló sobre las normas de convivencia.

Antigua plaza fortificada, se conservan trozos de la muralla que la rodeaba, y algunas de las siete puertas de entrada y salida a la ciudad. El escudo de la villa lleva las siete llaves que las abrían y cerraban, pero también aparecen en muchos de los blasones de las casonas y palacios, tantos como si no hubiera habido en el pasado de Sepúlveda más que gentes principales a tenor de los que se conservan en la actualidad.

Pero no sólo son palacios y casonas. Sepúlveda sorprende por sus nada menos que tres iglesias románicas, de los siglos XI y XII que, en la noche, bien iluminadas forman un skyline precioso. Las empinadas calles empedradas que conducen a ellas, llenas de rincones y de bonitas perspectivas, son un aliciente más en el recorrido por la villa medieval. Además aquí, al contrario que en Pedraza, se tiene la impresión de autenticidad, nada es tan perfecto pero sí más real.





Pero otro de los atractivos de Sepúlveda es su situación dentro del parque de las Hoces del río Duratón. Conviene pasar por la Casa del Parque, ubicada en la iglesia de Santiago donde te informan de las posibilidades que ofrece el parque, vistas panorámicas, paseos en canoa, rutas de senderismo, etc.

Nosotros nos acercamos el primer día hasta la ermita románica de San Frutos, uno de los puntos panorámicos sobre las Hoces que el río Duratón fue formando a lo largo de los siglos, un profundo cañón que puede tener hasta cien metros de altura, lugar de acogida de montones de buitres leonados que vuelan entre sus paredes para recalar después en sus madrigueras. Es un espectáculo sorprendente: paisaje árido del profundo cañón, meandros que a lo largo del tiempo formaron islas, color verdeoscuro de las tranquilas aguas del río y el vuelo majestuoso de las aves.




El punto de vista merece la pena y, al estar orientado al oeste, los amantes de las puestas de sol pueden contemplarla en este lugar singular.



Al día siguiente nos dirigimos hacia la Zona de Reserva del Parque Natural, ahora de tránsito libre, pero no así del 1 de enero al 31 de julio en los que se necesita solicitar autorización en la Casa del Parque (tel. 921540586). Hay una senda larga de 12 km. desde Sepúlveda hasta un chiringuito al lado de un puente sobre le río Duratón, el Puente Villaseca. Y otra senda corta de apenas 2 km., desde el chiringuito hasta el final de la senda. Aunque nos habían aconsejado coger la larga, desde el chiringuito hacia Sepúlveda, al final hicimos la corta, llamada senda de la Molinilla, un paseo bordeando el río entre vegetación de ribera: chopos, álamos blancos, olmos, alisos, etc. De vez en cuando pequeños lugares donde bañarse y, al final de la senda, se podría decir que hay una pequeñísima paya fluvial con pozos que permiten el baño en aguas transparentes y frías con montones de alevines de truchas. Conviene llevar bañador porque seguro que apetece el baño. De lo contrario hay que conformarse con mojar los pies, como en nuestro caso. Es agradable “picnicar” al borde del río aunque también puede hacerse en el chiringuito, si no fuese por las moscas francamente desagradables.




Y para terminar nos acercamos hasta el mirador del Convento de la Hoz, para mí más espectacular que el de San Frutos. Como en San Frutos, hay que dejar el coche y hacer a pie el último tramo, aunque en este caso fue bajo un sol de justicia en plena ola de calor, pero mereció la pena porque la vista sobre las ruinas del convento en el fondo del cañón al borde del Duratón, el pronunciado meandro que forma el río, las aguas verdes, las piraguas, el vuelo de los buitres, tan enormes que cuando se acercaban daban miedo, forma todo ello un conjunto especial que se fija en la retina.






Fue una escapada corta pero completa. Además, siempre digo que lo bueno de viajar es la curiosidad que te despiertan los lugares a los que vas. La visita de Sepúlveda fue la ocasión de revisar la olvidadísima Reconquista: tiempos de paz y de guerra, de coexistencia pacífica entre las tres religiones y de tolerancia perdida con el fundamentalismo cristiano de los Reyes Católicos.



Las casonas de indianos de Somao


Somao es un pequeño núcleo de población que pertenece al concejo de Pravia, en Asturias. Linda con Muros de Nalón y asoma al mar Cantábrico desde una ladera que permite contemplar espectaculares vistas del litoral y de la desembocadura del río Nalón (especialmente desde los miradores de La Peñona o Monteagudo). Quienes transitan por la carretera que conduce desde Galicia hacia el centro de Asturias pasan justo a su lado, sin conocer quizás que una pequeña pausa les permitirá contemplar una joya arquitectónica singular: un conjunto de casonas de indianos desperdigadas por la ladera, mirando al mar, a poquísima distancia unas de otras.


Se llaman “indianos” en Asturias a los emigrantes que partieron hacia América a finales del siglo XIX y principios del XX. Muchos de aquellos que lograron hacer allí fortuna -sin duda los menos- regresaron y, deseando mostrar su poderío, se hicieron construir por los mejores arquitectos grandes viviendas en sus pueblos de origen, en estilos diversos, pero totalmente diferentes de las casas tradicionales de sus vecinos. Casi siempre con alguna palmera en la finca como signo característico y recordatorio de la estancia en ultramar.

Asturias cuenta con gran número de casonas de indianos, pero lo que destaca de Somao es la gran concentración de ellas -algunas verdaderamente notables- en tan pequeña extensión. Y, además, hay otro hecho llamativo: la mayoría de sus propietarios se asentaron y enriquecieron en una pequeña localidad de Cuba, Caibarién, a donde acudieron por la llamada del primer emigrante del pueblo que logró triunfar allí.

EL NOCEO

El primero, al parecer, fue José Menéndez Viña. Se dice que pasó por Madrid y Francia antes de llegar a Cuba con tan sólo 12 años. Comenzó trabajando en un almacén de coloniales de Caibarién y prosperó tanto en tan poco tiempo que con veintitantos años pudo regresar a su tierra con bastante capital. Más que construir en su pueblo natal una gran casa nueva lo que hizo, en 1880, fue reformar y ampliar la original de la familia e ir incorporando fincas aledañas, donde hizo construir otros edificios con destino a vivienda de los guardeses, cuadras y cochera (hoy alojamiento rural La Cochera). El conjunto se conoce como El Noceo y se encuentra en la parte superior de Somao.


 
















La casa principal sigue estando ocupada por los descendientes del indiano, quienes se han preocupado de mantenerla con todo mimo, tanto que hoy parece un auténtico museo que conserva muchos de los muebles y los cuadros originales de la casona.





No se exhibe al público pero en el verano de 2012 nosotros tuvimos la suerte de encontrarnos en la puerta con uno de sus habitantes, quien muy amablemente nos mostró las distintas dependencias: todo un privilegio poder respirar el ambiente que allí se conserva y conocer de cerca la atmósfera en la que vivían estas familias de indianos de principios del pasado siglo que acondicionaron sus viviendas con las últimas novedades y los mejores muebles de Londres o París.



LA CASONA

Gabino Álvarez era familiar de José Menéndez Viña y fue uno de los primeros en acudir a la llamada de éste para probar fortuna en Caibarién. Tras enriquecerse con el negocio de ultramarinos encargó al arquitecto Francisco García Nava la construcción de una residencia de verano en Somao, que concluyó en 1910 y pasó a conocerse con el nombre de La Casona debido a sus dimensiones.






Dentro de la misma finca se construyó años más tarde (1908) un mausoleo de estilo modernista que llama poderosamente la atención. Corona un pequeño montículo y resulta más fácilmente visible en la lejanía que desde la entrada principal. Para contemplarlo lo mejor es rodear la finca por un camino que asciende a la derecha de la parte frontal. Aunque, si casualmente hubiera alguien en la finca, es fácil que permitan el acceso para poder acercarse hasta el mismo. Más difícil será poder penetrar en él y observar desde el interior las vidrieras procedentes del taller de Maumejean.


LA CASINA

Gabino Álvarez no sólo era propietario de La Casona, tenía también casa en Madrid y en Biarritz (Villa Covadonga). Su segunda esposa, Encarnación Valdés Álvarez, una vez viuda mandó construir frente a La Casona una vivienda más pequeña donde alojó a un sacerdote llamado Amando, a quien había conocido en Biarritz, y que se convirtió en el administrador de sus bienes. Se conoce como la casa de don Amando o La Casina.


VILLA RADIS

Gabino Álvarez segregó parte de su finca para construir la residencia del hijo de su primer matrimonio, Gabino Álvarez Menéndez, quien se casó con una mujer llamada Radisgundis, de donde viene el nombre dado a la mansión, edificada en 1908.


CHALET DE SOLÍS (EL MARCIEL)

Al lado de la iglesia de Somao se encuentra esta casa construida en 1910 para Jesús Solís, otro indiano que acudió a la llamada de José Menéndez Viña. Jesús Solís estuvo casado con Herminia Valdés, hermana de la segunda mujer de Gabino Álvarez (propietario de La Casona). La casa y el jardín son de clara inspiración francesa. El nombre de Marciel -combinación de mar y cielo- fue puesto por el segundo propietario de la vivienda, un maderista de Oviedo.




LA CASA DE LA TORRE

Curiosamente la casa más emblemática de Somao estuvo casi siempre deshabitada. Fue construida como residencia de vacaciones para otro de los indianos del primer momento, Fermín Martínez García, quien -según cuentan- llegó a Caibarién con 18 años como contable y a los 23 era ya director general del almacén de coloniales. Encargó, a distancia, el proyecto al famoso arquitecto Manuel del Busto, autor de afamadas obras modernistas en Asturias y fuera de Asturias (como el Centro Asturiano de La Habana). La construcción -se dice que de inspiración vienesa- se terminó en 1912. Debido al color del azulejo que recubre la fachada se la conoce también como la casa amarilla.



OTRAS CONSTRUCCIONES

Las casas mencionadas son las más destacadas de Somao, pero hay otras también muy interesantes, como

Casa de Tomás de Pachín


Casa de doña Basilisa




Casa de las columnas


  
Pero además, otra característica de los indianos es que acostumbraban a sufragar la construcción de edificaciones de uso público para disfrute de los vecinos de su pueblo natal, como lavaderos, escuelas, iglesias… En Somao su aportación se refleja en la construcción de la iglesia, el cine y las escuelas, que se alinean frente a una explanada ajardinada, con vistas a algunas de las casonas, y donde, a falta de plaza pública, es el lugar habitual de reunión de los parroquianos.